Ana Murga: Los Miedos están hechos para derrotarlos
Hay Ana mujeres que no necesitan planos para construir algo extraordinario. Lo hacen con la intuición del alma, la fuerza del corazón y la memoria del esfuerzo. Ana Murga es una de ellas.
Emigró con lo esencial: sus tres hijos, una maleta, sus cremas de trabajo… y una fe inquebrantable. No traía riquezas materiales, pero sí una riqueza interna que no conoce fronteras: amor por su familia, determinación sin medida y una convicción que no se negocia: los sueños sí se construyen, incluso desde cero.
Nació en Perú, en una familia humilde marcada por el abandono del padre. Su madre, Norma, estaba sola pero invencible, fue sostén, guía y ejemplo. Con sacrificio, las crio enseñándoles que el estudio es una herramienta de libertad, y que nada —ni el miedo, ni las carencias— debían frenar lo que llevaban dentro.
Ana soñaba con ser arquitecta. Su mente se inclinaba naturalmente hacia la creación, el diseño, lo bello y funcional. Pero a veces, la urgencia le gana a la vocación. Su hermana mayor Alis fue la primera en salir a trabajar para sostener el hogar junto a su madre, Ana logró estudiar secretariado gracias a ella. No era su pasión, pero sí un paso firme hacia la independencia.
El trabajo como secretaria no era lo suyo, así que trabajó como cambista de dólares junto a su hermana en las calles del centro de Lima. Fue allí donde conoció a John, quien se convertiría en su compañero de vida, de hogar… y de sueños. Juntos, formaron una familia sólida, tejida con amor, entrega y visión compartida.
Mientras se dedicaba por completo a criar a sus hijos, Ana empezó a descubrir una nueva pasión: el mundo de la belleza y la estética. Con el apoyo incondicional de John, estudió, se certificó, abrió su propio salón y llegó a ser directora de capacitaciones de una marca reconocida en Perú. Había encontrado su lugar, su talento, su voz.
Pero cuando John tuvo que emigrar a Estados Unidos por motivos laborales, la vida volvió a poner a prueba su fortaleza. Durante años, Ana sostuvo el negocio y el hogar. Hasta que un día, tomó una de las decisiones más difíciles y valientes de su vida: dejarlo todo y emigrar junto a sus tres hijos: Aiko, Akari y Kiyoshi. Ella sabía lo que era crecer sin padre, y no estaba dispuesta a repetir esa historia. Su brújula siempre fue clara: la familia primero.
Llegaron con poco, pero con todo lo que realmente importaba. Ana, sin papeles en ese momento, sin idioma, sin garantías… pero con propósito. Comenzó limpiando barberías y salones, asistiendo a técnicos, aprendiendo desde abajo. Lejos de avergonzarse de esos comienzos, los honra: “A veces hay que pagar el derecho de piso”, dice. Fue ahí donde comenzó a entender el funcionamiento de los negocios en este nuevo país… y también a visualizar qué podía mejorarse.
Mientras trabajaba jornadas largas, también estudiaba. Buscó sus certificaciones en USA, enfrentando retos como el idioma y las barreras del sistema. Pero nunca se detuvo. Y algo más: nunca dejó que su estatus migratorio definiera su valor o limitara su crecimiento. Aprendió que con un ITIN se podía obtener licencias, emprender legalmente y levantar un negocio. Y lo hizo.
Fue entonces cuando llegó uno de esos momentos que cambiaría todo. Estaba viendo televisión junto a su esposo cuando escuchó una frase de Steve Jobs que la atravesó por completo: “Puedes trabajar por tus sueños o puedes trabajar para hacer realidad los sueños de otros.” Esa noche no solo terminó un programa… también terminó una etapa en su vida…Ana eligió ir por sus sueños.
Decidió abrir su primer centro de masajes postoperatorios en el sótano de su casa. No tenía lujos, pero tenía conocimiento, manos expertas y una ética de trabajo impecable. El boca a boca hizo su magia. Las clientas comenzaron a llegar, y luego vinieron las recomendaciones de clínicas estéticas. El crecimiento fue natural, orgánico… y merecido.
Lo que nació en un sótano, hoy es un centro reconocido: Aikana Esthetic Center. Un negocio familiar donde la excelencia, la innovación y el corazón son parte del servicio. Sus hijas inspiradas por su ejemplo estudiaron primero estética y masajes, y con el objetivo de aprender más y brindar mejores servicios estudiaron enfermería y decidieron quedarse en el mundo de la estética. Su hijo kiyoshi es quien se encarga del área informática. Juntos como equipo, compraron su propio edificio: un espacio que no solo refleja belleza exterior, sino todo el poder de la unión familiar.
Ana lo tiene claro: los sueños no se cumplen solos. Requieren esfuerzo, fe y equipo. Hoy, Ana no solo lidera su centro de estética. Está desarrollando su propia línea de productos para el cuerpo, su propia marca de fajas postoperatorias, y sigue soñando en grande.
“Si uno deja de soñar ya envejeció, seguir soñando y trabajar por ello es estar vivo” Comenta Ana. El tiempo y la estabilidad que ha logrado le han permitido crear con más libertad y poner su talento al servicio de otras mujeres que, como ella, buscan sentirse bien consigo mismas —desde adentro hacia afuera.
“Los miedos están hechos para derrotarlos”, dice con firmeza. Y su historia lo confirma: cada miedo superado ha sido una puerta abierta, una nueva posibilidad, una victoria personal.
Hoy, Ana puede decir con mucho orgullo que ella es la arquitecta de su propia vida. Su historia se parece a la de muchas mujeres inmigrantes en sus inicios… pero tiene algo que la distingue: ella no esperó condiciones perfectas para construir algo valioso. Lo hizo con lo que tenía, con lo que era, con lo que soñaba. Una mujer que venció sus miedos, que se reinventó sin perder su esencia.

