Vacaciones activas: cómo aprovechar el verano para mover el cuerpo de formas que no se sienten como ejercicio

Hay una forma de moverse que la industria del fitness raramente cuenta en sus métricas pero que produce beneficios para la salud tan reales como los de cualquier rutina estructurada. Es el movimiento que ocurre naturalmente como consecuencia de hacer cosas que se disfrutan genuinamente, sin que nadie lo haya llamado ejercicio. Las personas que encuentran formas de movimiento que disfrutan genuinamente tienden a mantener niveles de actividad física más altos durante años que las que se ejercitan exclusivamente desde la disciplina. El verano, con sus oportunidades de movimiento placentero que el resto del año no produce de la misma forma, puede ser el laboratorio donde se descubren esas formas que pueden mantenerse más allá de la temporada.

Las actividades de vacaciones que más mueven el cuerpo sin que se sienta como ejercicio

El senderismo: una caminata de dos horas en un parque natural produce un gasto calórico y un beneficio cardiovascular comparable al de una hora de ejercicio moderado en el gimnasio, con la diferencia de que la experiencia subjetiva es de paseo agradable en lugar de entrenamiento. La natación y el juego en el agua: una tarde de juego en el lago o en la playa con los hijos —con carreras en el agua, saltos desde el muelle y persecuciones— puede representar dos o tres horas de actividad física intensa que nadie calculó como ejercicio. El baile: una hora de salsa o cumbia produce un gasto calórico comparable al de una hora de trotar a ritmo moderado, con trabajo de coordinación y con un efecto en el estado de ánimo por la música y la conexión social que ninguna cinta de correr puede igualar.

Cómo planificar vacaciones intencionalmente activas

Al elegir el destino: uno con lago, río, playa, montaña o parque accesible tiene más oportunidades naturales de movimiento. Al planificar las actividades: incluir deliberadamente una o dos actividades de movimiento por día, no como obligación sino como parte del plan de lo que se quiere experimentar. La mañana de kayak, la tarde de caminata al mirador, el paseo en bicicleta al mercado, la tarde de snorkel en la cala: todas son actividades de vacaciones que también son movimiento. Al involucrar a los hijos: dejar que participen en la elección de actividades dentro de un rango de opciones produce actividades que ellos disfrutan genuinamente y que involucran movimiento de formas que el adulto no tendría que imponer.

El movimiento como puerta a la experiencia

El movimiento al aire libre en lugares nuevos abre el acceso a experiencias que el turismo pasivo no produce de la misma forma. El sendero que lleva a la cascada que no aparece en ningún folleto turístico. La playa a la que solo se llega caminando veinte minutos. El mirador que requiere treinta minutos de subida pero que ofrece una vista que ningún autobús turístico puede producir. El mercado local al que se llega en bicicleta a través del barrio que ningún tour organizado muestra. Esas experiencias, que el movimiento hace posibles, son frecuentemente las que quedan en la memoria de los viajes mucho después de que los hoteles y los restaurantes se olvidan.

El verano activo que merece vivirse

Las vacaciones activas no requieren que las vacaciones giren alrededor del ejercicio. Requieren simplemente que entre las opciones disponibles para el destino y las actividades, se elijan con cierta preferencia las que implican movimiento. El verano activo no es el verano más cansado ni el más disciplinado. Es el verano más vivido. Ese movimiento consistente —en cualquiera de las formas que el verano hace posibles, sostenido durante los tres meses de calor— es lo que llega a septiembre con las adaptaciones cardiovasculares y de fuerza preservadas, con la energía que el ejercicio regular produce y con la relación con el propio cuerpo que el movimiento construye independientemente de la estación.

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